Álbum de Mitopoesía Documental de Punitaqui (Sandra Marín, 2017)

Álbum de Mitopoesía Documental de Punitaqui (Sandra Marín, 2017)

Por Francisca Rojas.

No creo haber escuchado a nadie a quien le interese mínimamente el arte algún comentario desprejuiciado y amable sobre su medio y sus prácticas. Sin importar la procedencia, las críticas hacia este ámbito de la cultura parecen haberse instalado como uno de sus principales lugares comunes y, sin embargo, algún fenómeno inexplicable, subyacente y transversal, insiste en sostener intacta su reputación de bien mayor para la sociedad.

Como parte de esta corriente de pensamiento y pasiones ambivalentes en relación al arte, personalmente adhiero a ella por tres factores fundamentales: el de la individualidad como síntoma de la herencia autoral europea; el del fetichismo patrimonial, que tiende a homologar el arte con el objeto de arte y, por último; el del sesgo de clase, que los dos factores anteriores le imprimen al fenómeno artístico.


Pero como toda revolución comienza por la periferia, los cambios en el quehacer del arte, aun cuando mantengan la autoría, generen resultados objetuales y repliquen ciertas jerarquías de clase, ya comienzan a esbozar los principales ejes de un entendimiento otro sobre este concepto.

Muestra de ello es el Álbum de Mitopoesía Documental de Punitaqui, cuya edición es el resultado de una experiencia artística rural, impulsada por el colectivo Repisa en 2017. Si bien el libro reúne los fanzines realizados durante una residencia de arte colaborativa en dicha comuna, a mi juicio, su valor principal radica en la sistematización de la experiencia como generación de conocimiento, en el mapeo territorial desde la reflexión comunitaria y en la propuesta de articulación para las lógicas estructurales –políticas e ideológicas, por cierto– que motivan la realización de estas experiencias como formas de arte.


Por otro lado, y a riesgo de contradecir todo lo que acabo de defender, debo reconocer que el libro impreso generó en mí una experiencia íntima que su versión digital estuvo lejos de promover. Seguramente, en este caso el objeto-libro fue el recurso utilizado para comportar el mágico “acto productor de presencia” que en resumidas cuentas es el arte. La relación con los materiales: el papel escogido, la tinta azul con la que fue impreso, su tamaño tipo cuaderno, entre otros detalles que siempre importan, posicionan esta edición en un preciso punto medio entre la precariedad y la ostentación, en cuyos incómodos extremos han tenido que debatirse las ediciones desde que la digitalización las supusiera obsoletas, debiendo evidenciar/justificar los fines de su objetualidad.

En este sentido, el libro que tuve hoy en mis manos no sólo cumplió su afán de testimoniar la experiencia artística de Punitaqui, sino que me recordó lo necesario que me parece volver a las prácticas humanas primarias para recomponer la alicaída estética local y generar procesos a los que podamos llamar arte.


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