Caminar (Libros Tadeys, 2017)

Caminar (Libros Tadeys, 2017)

Por Diana Bravo.

Henri David Thoreau (1817- 1862, Massachusetts) fue un pensador adelantado a su tiempo, visionario y apasionado por la naturaleza, a la cual convirtió en una de las piedras angulares de sus reflexiones, poniéndola en lúcida relación con el acontecer político, las corrientes sociales, la filosofía y la poesía de su época.

Sus escritos están plagados de imágenes que nos evocan los rayos solares a través del follaje en un mediodía, pero también nos indignan por dejar en evidencia formas de vida nocivas que desde entonces ya adquiría la humanidad. En su breve ensayo Caminar (Libros Tadeys, 2017), Thoreau no teme adoptar una posición crítica respecto al curso de los acontecimientos: la excesiva privatización de las tierras, el predominio de la labor civilizatoria que arrastraba con todo a su paso, junto a lo que podríamos denominar una ceguera voluntaria en la que entramos como especie, donde el enfoque está totalmente puesto en la adquisición de bienes y conocimientos sin un real sentido de fondo. Sin embargo, también era cándidamente positivo sobre el curso que podríamos tomar las personas que habitaríamos el, por aquel entonces, "nuevo continente": “Si los cielos de América parecen infinitamente más altos, y las estrellas más brillantes, confío en que estos hechos son simbólicos de la altura a la que la filosofía, poesía y religión de sus habitantes podrían elevarse un día.”

Mientras leemos Caminar podemos imaginar la concepción de este ensayo en la mente de su autor a lo largo de extensas caminatas acompañadas de variopintas reflexiones. La estructura del texto asemeja a un añoso roble, cuyo tronco es su descripción personal sobre el acto de caminar, actividad a la que se dedicaba con pasión, y desde ahí va ramificando en múltiples ideas fuerza, entre las cuales destaca el ensalzamiento de lo salvaje, descrito en relación a su directa observación del crecimiento de la vegetación y la conducta animal al margen de las acciones humanas. Nada más formidable para Thoreau que el encontrarse con un pantano en su deambular, en oposición a la belleza normada de un jardín, por primorosa que fuera la labor del paisajista. Asimismo, alaba la creación y el arte que está por nacer sobre las manifestaciones culturales ya gestadas, revelando que no era autor de inclinación canónica, lo que no debe confundirse con señal de ignorancia. Al entrar en su escrito, vemos que está plagado de referencias latinas, botánicas, literatura de viajes e historia. Sobre todo, nos queda la sensación de estar frente a un gran lector de su tiempo y de su entorno. En lo salvaje e ignoto veía Thoreau la esperanza de nuestro futuro y da múltiples ejemplos que sustentan esta premisa.

Al finalizar esta lectura, se vuelve inevitable sentir admiración y afinidad con las ideas de Thoreau: me siento inclinada a su elogio del tiempo libre —mas no perdido—, de las cosas y el conocimiento que no tienen un destino rentable, y de la ignorancia, pues en ella está el abono de todo conocimiento y creación futura. Logro imaginarlo como esos niños llenos de preguntas, asombrados de su propia existencia y la ajena, y por lo mismo respetuoso de toda forma de vida.

Un elemento destacable de la edición de Libros Tadeys es que tiene la versión original en inglés. Así, quienes leen este idioma pueden disfrutar de la sonoridad original del texto y descubrir si Thoreau escribía como pensaba: al ritmo de los pasos dados hacia el oeste del mundo.

La invitación y la inquietud quedan extendidas: volver a caminar como ejercicio, sí, pero de evidenciar inequidades y violencias. No se puede caminar por terrenos privados aunque sean los que tengan (y con frecuencia son) más extensión y áreas verdes: “Pero acaso llegará el día en que sea dividido en supuestos terrenos de placer restringido y exclusivo (...) y cuando caminar por la superficie de la tierra de Dios se interprete como invasión del terreno de algún caballero”. Caminar, entonces, entonando junto a Victor Jara los versos de aquella entrañable canción “A desalambrar, a desalambrar que la tierra es nuestra, es tuya y de aquí”; caminar en negación a las lógicas del capitalismo, donde todo tiempo debe estar destinado a acciones productivas, en las cuales el cuerpo deja ser bien destinado al goce y la acción propias, para ser forzado a convertirse en nuestro odioso oponente, que nos deprime e inmoviliza; caminar para que nuestras corporalidades nunca dejen de estar presentes y se visibilizen en el espacio común, en respuesta a las veredas de un metro de ancho junto a autopistas de cuatro carriles; caminar lejos y largo, dando batalla a estar siempre ubicables, siempre bajo el alcance de la cobertura de internet. En resumen, caminar como acto político y de reivindicación hacia nuestra humanidad y nuestra salvaje naturaleza.

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