El poder del arte (Roneo, 2020)

El poder del arte (Roneo, 2020)

Por Miguel Routhier.

Deslizándose entre los objetos y escenarios que configuran la sociedad de consumo, el arte se nos cuela y nos interpela en el andar de nuestra vida cotidiana. El espacio y el tiempo que nos tocó vivir, lo habitamos en una experiencia estética. Y esto, a pesar de nosotros. Pero no se trata de una situación histórica particular; con el arte nos encontramos ante un fenómeno absolutamente singular que contiene su propia potencia lo que, al decir de Markus Gabriel, debería inquietarnos. Esta es la tesis que nos presenta el autor en el breve ensayo El poder del arte, editado por Roneo.

Contra una interpretación de este poder del arte en términos de instrumento para el cumplimiento de los objetivos de un capitalismo que necesita del styling para su funcionamiento; o aquella interpretación que traza una línea terrible que va desde la ontología de la obra de arte desarrollada por el romanticismo alemán hasta el desarrollo del proyecto del Tercer Reich, pasando por Nietzsche y Wagner; Gabriel otorga su potestad al arte, polemizando con las distintas filosofías que remiten su origen a una cadena causal anterior a su propia aparición: el “artista”, el “espectador”, “las condiciones materiales de su producción” o el “contexto de su emergencia.” Contra todo constructivismo estético, Gabriel teje una argumentación –casi desencajada de su época– en la que su concepción de arte remite a un estatuto ontológico de autosuficiencia radical que sobrepasa incluso el estatuto de esa frágil autonomía que el hombre se ha otorgado en el desarrollo de la modernidad. Porque el arte no responde a ninguna ley moral, política o ética y el hombre –atado a los imperativos que rigen su existencia– no cuenta con el poder de ingresar o salir de una experiencia estética según su voluntad.

Pero, y aquí tal vez el rasgo más interesante del ensayo, la argumentación del alemán no se agota en su objeto, sino que le otorga al arte la cualidad de desembarazar a la realidad de las pulsiones de totalidad a la que suelen someterla los discursos filosóficos de la modernidad. Para esto, Gabriel nos invita a reponer la confianza en la percepción como acceso a la existencia, pero entendida como una función de relación, sin jerarquizar a los términos involucrados: “la realidad es tal, que la percepción sobreviene en el corazón de las cosas” (p.50). Esta suerte de conjunto solidario –en donde es la relación la que constituye a las partes y no a la inversa– le otorga su “respiración” propia a las obras de arte y extiende su poder. Por un lado, las obras de arte sólo se constituyen como tal en la medida en que nos interpelan y comparecemos pensándonos a nosotros mismos y los objetos que se ponen en juego con ellas; por el otro, esta necesidad de pensar (nos) con las obras de arte nos notifica que no somos un conjunto de espectadores pasivos de un orden de objetos al que podemos llamar realidad, sino que participamos activamente de ella y de su multiplicidad de sentidos; socavando nuestros deseos de totalidad.

El breve ensayo de Gabriel es un texto sugerente que se sirve del arte para poner en obra los materiales de una propuesta filosófica mayor, tributaria de lo que ha sido denominado Nuevo Realismo, y que, en la apuesta del autor, intenta abrir una grieta para comprender nuestra existencia, a través del largo abrazo entre cientificismo y escepticismo que constituye el dogma de una época marcada por el nihilismo.

Por último, Gabriel encabeza su reflexión sobre el arte con un fragmento de la Elegías de Duino de Rilke. Tal vez encontremos una seña para acceder a esa realidad irreductible que nos sugiere Gabriel, a través de El Poder del arte, en una de las cartas que Rilke le dirige amorosamente a un joven aspirante a poeta:

“(...) la mayoría conoce sólo un rincón de su espacio, un hueco, una ventana, una franja por la que suben y bajan. Así tienen cierta seguridad. Y, sin embargo, es más humana esa peligrosa inseguridad que, en la narración de Poe, empuja a los prisioneros a palpar la forma de su cárcel, para no ser extraños al indecible terror de su estancia.” Pero, “no tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo, pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos.”

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