El traductor (Eterna Cadencia, 2018)

El traductor (Eterna Cadencia, 2018)

Por Ignacio Rojas.

Al examinar su vida y la única novela que escribió, podemos ver que Salvador Benesdra parecía destinado a convertirse en un mito, de esos de los que se habla mucho, pero se lee poco. Figuras que rápidamente quedan aplastas por el peso del rotulo que las entroniza y, como suele ocurrir, terminan por domeñar las obras a punta de olvido. Lo sorprendente es que detrás de esas caratulas lo que hay es precisamente el alimento de todo eso en su estado más puro: demencia, obsesión y desborde. Y si lo tomas y lo mezclas, el resultado es una novela como El traductor: Un monstruo de alrededor de seiscientas páginas con momentos sublimes –cómico y poético a la vez–, a ratos de una densidad abrumante, pero por sobre todo fiel, fiel a proporcionar un despliegue absoluto de la locura y la perversión.

Así como Dostoyevski nos mete en la cabeza de Raskólnikov, Benesdra nos mete en la cabeza de Ricardo Zevi –el protagonista, el traductor– en un viaje hacia al extremo de su paranoia. Son los 90’ en Argentina, URSS se desmorona y el menemismo inicia su ascenso al poder. Zevi se desempeña como traductor en Turba, una editorial de izquierda que repentinamente comienza a despedir gente bajo el eufemismo de la “reestructuración”, involucrándose en una asfixiante lucha sindical con la misma. Casi paralelamente a ese clima político y anímico, Zevi comienza una relación con una joven adventista cuya frigidez lo lleva a embarcarse en un proyecto retorcido y perverso para lograr que ella alcance el orgasmo. Dos planos argumentales que comienzan a trenzarse con la filosofía oriental, la política, la psiquiatría, la religión, el neoliberalismo, el sexo y, por supuesto, la locura. Pareciera que no hay rincón que la novela no abarque. Y es aquí donde la figura del traductor, aquel que decodifica, que traduce e interpreta los signos que desconocemos, asume su afán totalizante como intermediario: la figura del protagonista asume un rol mesiánico y se sitúa en el medio, como organizador de un universo realista en cuya crisis chocan las fuerzas externas de la sociedad y las internas del individuo en las múltiples facetas que asume: traductor, mesías, cafishio, dirigente sindical, esclavo, intelectual, loco, etc.

Es un libro que incomoda, que contiene belleza, pero también mucha maldad. Una lectura que en más de una ocasión me vi tentado a abandonar, pero la intensidad de su voz me impidió hacerlo. Y aunque la prosa de Benesdra encante por su elegancia, comicidad, lirismo y derroche de erudición, no se trata del estilo. Ya lo decía Piglia: “Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra (…) No se trata del estilo sino de la cadencia y la intensidad del relato. En definitiva, el tono.” Es por tanto la potencia de la voz, la consistencia de ese tono, la que nos impide soltar el vendaval mental que despliega el narrador de principio a fin, incluso desdoblándose en medio de los ataques psicóticos del personaje.

Es difícil recomendar una novela así, pero tal vez el increíble documental sobre este singular autor y su obra –que dejamos a continuación– pueda ayudar a estimular una futura lectura:

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