La mirada es un atentado (Otra Sinceridad, 2018)

La mirada es un atentado (Otra Sinceridad, 2018)

Por Ignacio Rojas.

Los vínculos entre el lenguaje y las imágenes son de larga data, sobre todo en la alianza de poesía y pintura. Ya en un antiguo comentario de Simónides de Ceos la pintura sería poesía muda y la poesía una imagen que habla. De alguna manera entre ambos lenguajes se urde una simbiosis singular, este poemario es prueba de esa coexistencia. Y es que La mirada es un atentado está lejos de ser un “libro” de poemas con fotografías. Esa falsa comparsa puede fácilmente inducir a error; no hablemos de dos lenguajes que caminan juntos, sino más bien que dialogan, susurran y se vuelven cómplices: por un lado las imágenes abren una entrada hacia los dominios de la noche y el paisaje, y por otro el hablante se repliega para ocultarse en él: “Me escondo en la tierra en el viento / En el barniz de tu mirada”.

Habría que preguntarse por el verso que da título al libro, por la mirada como atentado.


¿Será que en la visualidad de este libro, la mirada del lector participa de los despojos, el paisaje yermo, el abandono, la soledad y sus dramas, pero no como un mero espectador ajeno al panorama que tiene ante sí, sino más bien como aquel que sin imaginarlo recrea con la mirada su condición más angustiante y urgente, otorgándoles existencia, provocando el atentado?

No deja de ser llamativo que este poemario-visual, que no descansa en desplegar la preminencia de un paisaje, al mismo tiempo se recoge con violencia en una clausura de sus límites. El paisaje, lo abierto, no deja de comunicar la experiencia de lo cerrado: un bosque enmarañado de ramas secas que cierran todo paso, la vuelta de una curva de donde emerge una luz abisal, un horizonte cercado por montañas nevadas, una cabaña solitaria enmarcada por la noche, un galpón en estado de ruina, son algunas de las fotografías que se congregan en esta vocación de hermetismo. Un cuarto cuya llave no abre sino hacia su propia cerrazón.

¿Estamos ante un libro de poesía o de fotografía? ¿De poesía e imágenes? ¿Dónde termina un lenguaje, donde comienza el otro? ¿Es justo encadenar este objeto a una categoría que de tranquilidad a nuestra comprensión? Por cierto que podemos otorgarle la fisonomía que más nos plazca, sin embargo ¿cómo y desde dónde nos interpela? Independiente del ejercicio que asumamos frente a él, el objeto-libro ya ha hecho suya la acción de rebasar sus propias fronteras; sus preceptos originales –sean cuales sean– parecen desde ya aplastados por un hermetismo que se expande a través de la noche encumbrada, mantra rector que lo cubre todo.

La secuencia no puede ser casual. Que sea un libro –o un objeto– que inicia no de una forma convencional –con la solemnidad del epígrafe o bien con el despunte de los primeros versos– sino con imágenes, las primeras de ellas si no completamente oscuras poco a poco sumergiéndose en una nocturnidad que no nos abandonara hasta el final. Como una entrada en la noche, cuesta no leerlas como una declaración importante, una interpelación que no parece tal y que fácilmente podemos pasar por alto. Una trampa quizás o un medidor invisible de una seguridad invisible: el lenguaje.

Y es que precisamente la economía de lenguaje de este poemario afila sus bordes en su cuestionamiento. El hablante nos dice que su estado natural es la deuda y sin detenerse la define como un “pasajero perpetuo y discontinuo”. La balanza precaria entre la permanencia en el tiempo y la fragilidad de las palabras, su deuda permanente de sentido.

Probablemente al enfrentarnos a este poemario, a su noche encumbrada nos apresuramos demasiado hacia el encuentro de un lenguaje, nos apresuramos a cobijarnos en él, pero bien puede ser este un falso asidero. He ahí que su secuencialidad no sea arbitraria, lo hace respondiendo a un diálogo, mientras que las imágenes no son meras imágenes sino también poemas. De alguna manera su minimalismo y también su cariz hermético parecen alimentar una lucha interior: “las cosas por hacer la vida por hacer / el deseo imperturbable de conflicto / condensado en el labio”.


Estamos, sin dudas, ante un trabajo muy singular y de una belleza pasmosa. Una poesía muy recogida sobre sí misma, cuyo hablante no da tregua a su angustia, manteniendo un tono elegiaco que no rompe su tensión, muy por el contrario, nos guía por sus “paisajes fusilados” condensando esta atmósfera de irreversibilidad:

entonces vuelvo a ese lugar

a ese ejercicio insaciable

esa música sin triunfo

y me castigo

La entrada a este libro es engañosa. Del embelesamiento superficial al recorrido de sus senderos atribulados hay un solo paso. Inútil sería intentar agotar con más reflexiones su lectura, solo celebrar un libro tan cuidado en su materialidad, con una poesía resuelta a desbordar sus aparentes límites y absolutamente convencida de sus dominios; sumergiéndonos a través de sus paisajes físicos y mentales, en esta oscuridad difícil de definir.


Comparte esta nota