París no tiene centro & otros poemas (Chancacazo, 2020)

París no tiene centro & otros poemas (Chancacazo, 2020)

Por Emiliano Valenzuela.

Por fin se hace realidad en nuestro mercado editorial una antología de Marília Garcia (Rio de Janeiro 1979), y que incluye una selección completa de su trabajo desde hace más de una década: 20 poemas para tu walkman (2007), error geográfico (2012), Un test de resistores (2014), el celebrado Paris no tiene centro (2015), Cámara lenta (2017) y Parque de las ruinas (2018). Junto con ser una de las voces más interesantes de la nueva poesía brasileña (junto a autores como Virna Teixeira, Simone Homem de Mello y Franklin Alves), nos plantea un trabajo que constantemente rompe los límites de una forma tradicional, construyendo, mediante una pluralidad de recursos y materiales, un texto que linda entre el poema, el ensayo y la imagen. Ciertamente hablar de cada libro es demasiado extenso para este espacio, diremos únicamente que al revisar esta antología estamos de cierto modo ante una densa disección de la tristeza, configurada por elementos superpuestos: un ready made que configura el mapa de un territorio poético íntimo, construido sutilmente de imágenes abandonadas (trabajar con la ruina, dice la autora) pero unidas o resignificadas en una sintaxis rota e impredecible. He ahí el valor de no subyugarse a la linealidad del lenguaje, sino al contraorden aleatorio de las imágenes propuestas por el pensamiento, donde convive siempre la resistencia, la subversión, la crítica elocuente en la desconstrucción que hace convivir —por ejemplo— el presente y el pasado; un presente cercano, un pasado cercano, luego un pasado más y más lejano, como cuando Debret llegó a Río de Janeiro hace 200 años y su curiosidad, que encuentra en oscura coincidencia una voluntad común con la poeta, realiza, con detallista esmero, un pequeño inventario de la flora y fauna brasileñas en la que incluye, como significativa imagen, una pintoresca papaya. La fruta está enunciada en el texto doblemente, como imagen-vestigio y como lenguaje, lo que nos lleva a preguntarnos ciertamente sobre la correspondencia presumiblemente efectiva que podría o debería existir entre la palabra y la imagen: "¿Si comenzamos a escribir anotar / y nombrar lo que acontece / será que conseguimos que las cosas / existan de otro modo?".

La significación de las imágenes en la palabra poética nos plantea siempre preguntas inquietantes; cómo vemos un lugar; qué es eso que sucede entre lo que vemos y pensamos que vimos, es decir, qué es ese vacío entre nuestro lenguaje y las imágenes que intentamos superponer, infructuosamente, como algún tipo de argumento desde donde estamos de pie. ¿Somos parte de la imagen? Los poemas de Garcia van dando respuesta a estas incógnitas, habitando espacios panópticos, donde se levantan extensos planos de la realidad demarcados, a intervalos, por archivos íntimos, rastros de lo mínimo, opiniones y preguntas que buscan hacer un corte transversal, diseccionar el vacío en su gran longitud; es como una poesía escrita con dron, una poesía que es un programa en televisión, donde el narrador rompe la cuarta pared, interpela lo que muestra la pantalla que transita en planos generales, sitios de paso y escenarios particulares y encerrados.

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