Tacto (Editorial Roneo, 2021)

Tacto (Editorial Roneo, 2021)

Por Miguel Routhier.

En un breve pero hermoso ensayo sobre la lectura, Proust señala que uno de los rasgos que nos permiten reconocer los “bellos libros” consiste en su carácter inacabado, en ese espacio sin consuelo al que nos arrojan una vez que los hemos leído. Eso que para el autor son “Conclusiones” al lector se le presentan como “Iniciaciones”. “Sentimos muy bien – escribe Proust- que nuestra sabiduría comienza allí donde la del autor termina, y quisiéramos que él nos diera las respuestas, cuando todo lo que puede hacer es proporcionarnos el deseo de conocerlas.”

A este principio obedece Tacto, libro escrito hace ya 25 años por un autor erudito y difícil de encasillar (desde la novela al teatro, pasando por la crítica y el ensayo), como Gabriel Josipovici y editado recientemente por Roneo. Si para Proust la belleza de un libro eso reside precisamente en su propio inacabamiento, en su capacidad de abrir más que de clausurar, el texto de Josipovici lo es tanto en su forma –proyecto de mosaico que incluye imágenes, escenas y tradiciones olvidadas– como en su contenido: el tacto, un sentido que, por omnipresente, parece inapropiable.

En la jerarquía de los sentidos de la cultura occidental, el tacto –siempre cercano al animal– no goza de las mejores credenciales. Si en el amanecer de nuestra cultura Aristóteles le otorga un lugar privilegiado, en tanto que es el único sentido indispensable para la sobrevivencia (privado del gusto o la vista el animal no muere, privado del tacto o por exceso de éste, sí), posteriormente, y como una proyección del noli me tangere cristiano, la pulsión visual de occidente habrá hecho de nuestra cultura un espacio esencialmente espectacular, donde el tacto queda reducido a su carácter “natural”. Baste con recordar que, incluso ahí donde la música es apreciada, junto con asistir a su escucha exigimos ver de qué modo ésta se ejecuta. En este espacio dominado por la “claridad” de la visión, es decir de la razón, al tacto, experiencia esencialmente opaca, se le niega incluso la correspondencia de un “arte menor” (al contrario de lo que ocurre con el gusto o el olfato).

De ahí que representar el tacto supone una dificultad. “El campo que debo recorrer no se extiende fuera de mí – escribe Josipovici-, pero tampoco está dentro de mí. Entonces ¿Dónde se encuentra? ¿Necesito de una metáfora distinta?” Como si un desvío en los orígenes de la lengua hubiese hecho imposible hablar, sin titubear, sobre un sentido que permanece velado y cuya riqueza semántica nos remite a distintas experiencias: podemos ser tocados (conmovidos) por una obra de arte, por ejemplo; o, en distintas situaciones, precisamos del tacto adecuado para relacionarnos con los otros.

Presagiando estas dificultades, Josipovici en su deseo por encontrar las palabras que hagan justicia a las distintas sombras y modulaciones del tacto, avanza en una colección de fragmentos culturales –sin una relación aparente– que alguna vez han logrado insinuar alguna correspondencia con este sentido. Esta estrategia, más que ponernos en relación con el objeto mismo, nos ofrece el camino para su reflexión, llevándonos al encuentro de distintos momentos de nuestra cultura: la experiencia del cuerpo que pone de manifiesto el cine, en una escena de Luces de la Ciudad de Chaplin; la vecindad entre distancia y proximidad que enseñaban las peregrinaciones de la época medieval; Proust y el melancólico deseo de ser tocados por un mundo que se ha vuelto indiferente; las imágenes mundanas, suspendidas en el tiempo y que celebran a las cosas tal como son, de Chardin, entre otras.

Un arte de las distancias, tal vez. Tocar no trata de uniones, superposiciones o amontonamientos. Si prestamos atención, la intención que se dibuja en el libro de Josipovici parece remitirnos a la nobleza de ese gesto que le notifica al ser humano su inevitable fragilidad: la caricia. Movimiento entre la mano y el corazón, y cuya ley secreta parece consistir en la obligación de enseñarnos a abrazar el abismo insalvable que habita entre nosotros. Tacto se acerca a su objeto sin el deseo de apropiarlo.

De algo podemos estar seguros, el tacto es una cuestión de límites y umbrales. Por eso llamamos “tacto” a esa sabiduría mundana que consiste en mantener la distancia adecuada para relacionarnos con los otros. Queda por saber de qué experiencia del tacto, es decir de la distancia, somos contemporáneos. En este sentido el texto de Josipovici es absolutamente actual. Sobre todo, hoy en día, cuando a pesar de estar obligados a experimentar un habitar marcado por el distanciamiento físico, figuramos cada vez más aglomerados en las en imágenes que nos ofrecen nuestros dispositivos tecnológicos.

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